EL ARTE DE COLECCIONAR IMÁGENES
Todo comenzó al ver una fotografía de David Kent que mostraba a Walker Evans en 1974, unos meses antes de morir, encorvado, fotografiando algo pegado al asfalto.
A principios de los años setenta, la antigua pasión de Evans por los carteles, las señales de carreteras, las tipografías, se reavivó al unirse a un nuevo interés por la imaginería de su propio país. El arte pop de los sesenta –las latas de sopa Campbell de Andy Warhol, los comics de Roy Lichtenstein, los murales de James Rosenquist– había diluido la distinción entre el gran arte y la cultura de masas, abriendo los ojos de la gente tanto a la mercantilización del arte como al arte mercantilizado. A Walker Evans le gustaba bromear diciendo que él había inventado el pop, una jactancia a la que sus primeras fotografías de los años 1929 y 1930 otorgaban una cierta credibilidad.
Los artistas pop tomaban objetos del imaginario comercial y los incorporaban a sus obras para convertirlos en imágenes artísticas. Pero, como pensaba Evans, eso mismo es lo que hace el fotógrafo con su cámara siempre y en cualquier lugar. Cuando el fotógrafo, el artista, toma una fotografía, simbólicamente está «tomando» un objeto o una combinación de objetos, y al